Madurar en el amor

Hablemos de la idea del amor, del que hablan escritores y poetas, la de los boleros, la de las películas.

He caído en cuenta que no soy amoroso, o al menos no de los amorosos que escribió Jaime Sabines en su emblemático poema; no busco, no abandono, no cambio, no olvido.

A diferencia de lo que dice el cantautor Pedro Guerra en su canción, siempre he estado cerca del amor, y el mar, la lluvia, el preticor y el aroma a café recién servido.

Si tuviera que etiquetarme, diría que soy uno de los acostumbrados del amor, de los que escribió la autora Magali Tajes en su libro Caos; con mi relación de veintitantos años, dos hijos y mis fines de semana con mi suegro o mi madre; pero sin el desdén con el que los describe.

El amor sí es el silencio más fino, pero no necesariamente tembloroso e insoportable, como dijo Jaime; y el destino del amor no tiene por qué ser forzosamente una moneda al aire, como sugirió Magali.

No es el amor, sino el desamor, el silencio más insoportable.

No es el amor, sino el enamoramiento, la turbulencia de un avión con destino incierto.

El amor no es la tormenta sino el puerto, la certidumbre, el sosiego.

Los amorosos tienen prisa, los enamorados no pueden esperar.

Los acostumbrados del amor han aprendido a distinguirlo, a darle espacio, a no ahogar el fuego del amor.

Habría que aprender a madurar el amor, así como las aves que emigran al árbol de limón, e incuban su nido.

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