Sin estilo

Un día me levanto, y ya no soy el mismo; abro los ojos, me siento en el borde de la cama, con los pies apuntando al precipicio, me concedo unos minutos, como quien duda antes de saltar al vacío; se hace tarde, no sé qué ponerme, me pongo a pensar de nuevo en la felicidad y en cuánto me estoy estirando para alcanzarla; trato de no sacar conclusiones; salgo a la calle con la disposición de hacerlo todo bien y apasionadamente, pero las cosas no suceden de ese modo ni en ese orden.

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Lo mismo para variar

Pronto serán las dos de la madrugada, y yo aquí escribiendo, debería estar acostado y dormido; debo dormir más temprano, levantarme por ejemplo a las seis de la mañana y estar listo para ir a trabajar, cuando mucho a las seis y cuarto, por aquello de los imprevistos, las condiciones del clima, el estado de ánimo y el tráfico.

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Parecía buena idea

He estado pensando que es cierto, la vida puede girar en torno a una o dos ideas principales, pero el tiempo transcurre muy despacio dentro de una idea y se corre el riesgo de que al salir de ella sea demasiado tarde para hacer cualquier otra cosa; así se nos puede ir la juventud, la vida entera.

Cuando era pequeño quería ser grande, parecía buena idea ser un producto terminado, todo terreno, de uso rudo, consciente de su valor en el mercado, a la alza, independiente, irremplazable, autónomo y autosuficiente; pero nunca reparé en los efectos secundarios, tampoco me siento un producto terminado, ni todo terreno ni a la alza, más bien fluctúo con algunas variantes; hubiera querido no tener que desconfiar de los que me rodean, no haber perdido la ternura ni el asombro de cuando era un infante; no saber por ejemplo, que el amor no es el motor que mueve las cosas y que no lo puede todo, que todo pasa y que definitivamente nada es para siempre.

He estado pensando seriamente en mí, en mis otros yo, en todas las personas que fui, en la versión de mí que siempre he sido, en la mejor versión de mí que podría ser; hay una parte de mí que me habla bajito, acostumbra susurrarme tu nombre al oído y pronuncia enunciados imperativos, a veces hace afirmaciones negativas sobre mi conducta o mi persona, levanta la voz, se queda callada, me mira fijamente a los ojos mientras aprieta los labios y hace un movimiento de negación con la cabeza, es la parte que me dice qué canción escuchar; hay otra parte de mí que hace lo que quiere, me ignora, no me habla, le grito pero no me responde, me tiene harto, el otro día me la topé y nos hicimos de palabras.

El amor es una hermosa idea, quién pudiera plantar la idea del amor en una tierra negra, fresca y húmeda.

Alguna vez quise guardar al amor en una caja, parecía buena idea.

He estado pensando, objetivamente, que tal vez no ha sido nadie sino yo, quien lo ha tergiversado todo a causa de una idea, que el tiempo ha transcurrido muy despacio y que la vida ha pasado demasiado rápido; espero que aún no sea tarde para cualquier otra cosa.

Una estrella fugaz que cumpla mis deseos, un café que escuche lo que quiero decir, una almohada que susurre que todo va a estar bien, un amor resistente a las inclemencias del tiempo, un poema que diga lo que siento y una canción para guardarlo todo, eso quiero; me parece una buena idea.

Un plan perfectamente improvisado

Dicen que lo mejor de la vida no se planea, que simplemente sucede, y en parte es cierto; a menudo suceden cosas positivas sin que uno lo haya planeado, como por ejemplo estar en el lugar y el momento adecuados, ganarse un premio, reencontrarse con un gran amor o coincidir con un viejo amigo; este tipo de eventos no pueden planearse, en efecto son fascinantes pero creo que distan de ser lo mejor de la vida. También dicen que todo lo planeado sale mal y que lo inesperado es mejor, pero tampoco creo esa premisa; la muerte, la enfermedad y los accidentes son inesperados y no son lo mejor, sino todo lo contrario.

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Momentos que duran toda una vida

Me puse a pensar en la felicidad, en lo imperativo que resulta buscarla, donde sea que ésta se encuentre, y en lo complicado que podría ser distinguirla por ejemplo de la alegría o el éxito, en cualquiera de sus acepciones, la satisfacción, el placer e incluso el amor, porque no necesariamente son lo mismo.

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